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Te amo tanto, pero sos muy explosiva

  • Foto del escritor: Gonzalo Palomeque
    Gonzalo Palomeque
  • 8 feb 2022
  • 3 min de lectura

Se la conoce por muchos nombres, algunos más atractivos como el sofisticado y anglosajón popcorn o la versión simple pero concisa de pops. Tenemos sus variantes más extrañas como rosetas, crispetas, totes, cocaleca; y los poco atractivos como chancha, picocas, cabritas, pochoclo y pororó. Pero si fuera solo por su nombre podríamos estar horas discutiendo cual es el adecuado y cuál es el que mejor las representa. En mi caso por costumbre les digo pops, aunque debido a mi estadía por el exterior las conocí primero por palomitas de maíz.


Eso no importa, porque en el fondo todos las conocemos a la perfección. Ya sabemos su forma, tamaño y sabor. Estoy seguro de que, como mínimo una vez en la vida, todos las pudimos probar. Tal vez no todos tuvieron la oportunidad de hacerlo en un cine, que por consenso es donde la mayoría tuvieron su primera experiencia con este alimento; capaz en un pueblo alejado de la urbanidad, este sabroso maíz cocinado es un alimento que nunca pisó un teatro de pantalla gris. Solo tal vez, nunca vio un solo crédito en pantalla.


Pero alejado de su uso más elitista, es raro que alguien piense que este simple y mundano alimento pueda ser su favorito. He aquí a mi persona. Me presento como el único al que tiene como comida favorita al pop. Ni tan siquiera me debato internamente el puesto con las gloriosas papas fritas con milanesas o las empanadas de jamón y queso. Para mí, no hay ningún plato que le gane al maíz explotado. ¡Y date cuenta de algo! Antes de tan siquiera ser comido, en su estado base, es un alimento tan duro que nadie se pensaría que pudiera terminar siendo crocante y sabroso. Quién diría que ese cultivó que se hizo por primera vez en México hace más de 9000 años pasaría a ser un alimento para acompañar mis tardes.


Y por más raro que parezca, un buen matesito con unos pochoclos en la tarde viendo la televisión es incomparable con cualquier otra experiencia. ¡Ni manís, ni papas fritas, ni picada de salame! A mí dejame con los pops y el mate a medio lavar.


Pero a pesar de ser la más hermosa de las comidas, sucede algo. Estoy más que seguro que fue esta traicionera la que me hizo volver al dentista más veces de lo acordado. En mi etapa liceal llevaba braquets. Los usé por más de tres años, normal si a cada rato de ajustarlos los rompía comiendo pops. Pareciera que las malditas rosetas de maíz quisieran joderme la dentadura. Sí, reconozco que era un loco comiendo. Como cuando tenés ganas de comértelos antes de que arranquen la película, en los primeros trailers, y hacés la técnica de la pala para llevarte los más posibles a la boca. De seguro generás un estruendo en la sala, que se escucha igual a como si niños caminaran encima de juguetes de plástico, rompiéndolos al instante. Así comía yo normalmente. No quiero exagerar, pero algún que otro diente picado me habrá dejado.


Claro, algunos me dirán qué con lo fácil que es de preparar te podés quedar sin dientes, tan sencillo como poner los maíces en el microondas y en tres minutos están listos, ¡error! Desde hace mucho tiempo que comprendí que comprar los pops para micro son un peligro. Traiciona la naturaleza del comer bien. Cuántas veces abriste el sobre de los pops después de sonar el pitido del microondas y te diste cuenta de que te quedaron pegados adentro. Y ni que hablar que alguno que otro se quemó en el intento por sobrevivir. Obviamente la receta, simple y a la vez perfecta, para hacer pops es utilizando una olla, un poco de aceite y ¡voila! Qué más necesitas para darte cuenta que es la comida perfecta, no cuesta nada hacerla, sirve como acompañamiento, no tiene grasa, azucares o químicos. ¡Perfecta!


Siento que por un momento me enamoré de comer este alimento simple pero extraordinario, tanto fue el caso, que una vez en vez de llevarme una vianda de comida para la universidad, traje un tupper lleno de pops hechos el día anterior. Por desgracia, no me ayudó a salvar un examen, sino se hubiera convertido en más que comida para mí.


Y por último un tip para los que van al cine y quieren disfrutar de las maravillas de esta pieza alimenticia, o diría obra de arte culinaria, si les gustan ambas variantes del mismo alimento: su versión salada o en su formato dulce. Puede saber usted que es posible pedir al que te atiende en el cine que te los mezcle, puede ser en capas, una mitad o la otra, o en modo mejunje clásico. Así podrás apreciar como yo de este alimento. Y así, te desharás de aquellos a los que no les guste alguna versión de uno o del otro.


Serán solo para ti.


Y de nadie más.

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Montevideo, Uruguay.
Gonzalo.palomeque.mp@gmail.com

 

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